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Lo Que Me Ensañaron Mis Hijos


Citas Para Leer:

Mateo 18:3-4, Prov. 17:9, Marcos 11:25, Sofonías 3:17, Salmos 51:17; 147:11

Muchas veces en nuestras vidas de adultos no nos detenemos para apreciar lo que Dios nos ha dado. Se puede decir que generalmente, estamos muy entretenidos con cosas que pasan en nuestras vidas cotidianas y “no tenemos tiempo” para observar aquello que nos saque de nuestra rutina normal. Como madre, en muchas ocasiones he tenido que dejar todo lo que tiene mi atención en el momento, para deleitarme en nuestros hijos.

Al observarlos me he dado cuenta, simplemente cuánto nuestros corazónes deberían ser como el de ellos. El corazón de un niño no tiene la capacidad para guardar rencor, es un corazón que siempre está dispuesto para amar. Parte de nuestra responsabilidad como padres es disciplinar a nuestros pequeños. La disciplina es incómoda para todos los involucrados, pero siempre y cuando se haga con amor, estamos haciendo lo correcto en los ojos de Dios. Como madre, he tenido momentos en los cuales me ha tocado regañar a mis hijos y a veces también castigarlos si hicieron algo incorrecto. Ellos, aunque yo le haya quitado su juguete preferido, no los deje ver su show favorito y les haya dicho que hicieron algo mal, me aman. Es muy probable que en el momento de la disciplina, yo no sea santa de su devoción, pero inevitablemente, a los pocos minutos (mientras hablamos de lo sucedido), siempre expresan cuánto ellos me aman y yo siempre estoy dispuesta a recibirlos con mis brazos abiertos. Me aman sin reservas a pesar de todo. En sus ojos, soy la mejor mamá del mundo. Claro, que valga la redundancia, no tengo ni una onza de perfección. Así imperfecta, tal como soy, ellos me aman, me admiran y quieren ser como su mamá.

Mientras el tiempo ha pasado, ellos han crecido y no han dejado de sorprenderme. Con el tiempo, mi relación con Dios ha ido profundizando porque he comprendido que de la misma manera que vemos a nuestros hijos, Dios nos vé a nosotros. El se deleita en nosotros y siempre nos mira con ojos de amor. El, se deleita en saber que tu y yo tenemos Su corazón y que día a día, aunque recibamos corrección del Padre, lo seguimos amando igual. El hecho de que hayas cometido errores, no sorprende en lo mínimo a Dios. Siempre y cuando vayas a El con un corazón quebrantado y arrepentido, no está en Su naturaleza rechazarte. Tus errores tienen consecuencias (que a veces pudieran ser eternas), pero El te sigue amando con la misma intensidad y no hay nada que puedas hacer para que El no te ame.

En mi tiempo de intimidad con Dios, le he pedido que me ayude a tener el corazón como el de un niño; siempre listo para amar y perdonar. El proceso de cambiar los hábitos que hemos cogido después de grandes y adoptar la forma que nuestro Padre celestial a trazado para cada uno de nosotros, no es fácil; muchas veces duele pero vale la pena. Al final, El nos moldea para ser exactamente como El nos diseñó (con imperfecciones y todo). Después de ser procesados, podremos poseer un corazón como el de un niño. Tener un corazón como el de El, sin rencores, sin odio, sin contienda, con mucho amor, nos ayudará a llegar al cielo.